Árbol genealógico

Lolo y Momon: los dos niños del Titanic a los que su madre encontró gracias a una foto

Abril de 1912: dos pequeños franceses sobreviven al Titanic, pero nadie sabe quiénes son. Su madre aparece gracias a una foto en los periódicos. Una historia documental sobre por qué un nombre importa.

Por AEEVOX Editorial TeamPublicado 30 de octubre de 2026 6 min de lectura

Dos niños sin nombre

La mañana del 15 de abril de 1912, el vapor Carpathia recogía del agua helada los botes salvavidas del Titanic. En uno de los últimos iban dos niños pequeños, de unos cuatro y dos años. Solo hablaban francés, y nadie a su alrededor sabía cómo se llamaban.

Los periódicos pronto los llamarían «los huérfanos del Titanic». Pero no eran huérfanos. Al otro lado del océano, en Niza, su madre los esperaba sin saber que sus hijos habían estado en aquel barco.

Un fin de semana de Pascua que no terminó

Su padre, Michel Navratil, nació en 1880 en Sereď, en la actual Eslovaquia. En 1902 se trasladó a Niza y se hizo sastre. En 1907, en Londres, se casó con la italiana Marcelle Caretto. Al año siguiente nació su hijo Michel, y en 1910, Edmond. En casa los llamaban Lolo y Momon.

Para 1912 el matrimonio se había roto y los niños vivían con su madre. En Pascua fueron a pasar el fin de semana con su padre. Cuando Marcelle fue a recogerlos, ya no estaban.

Pasando por Montecarlo y Londres, el padre y sus hijos llegaron a Southampton. El 10 de abril subieron al Titanic como pasajeros de segunda clase. El padre había comprado los billetes con un nombre falso: Louis Hoffman. Al parecer, pensaba empezar una nueva vida con los niños en América.

El último bote

En la noche del 14 al 15 de abril, el Titanic chocó con un iceberg. El padre vistió a sus hijos y los colocó en el bote plegable D, el último que se logró arriar. Él se quedó a bordo y murió junto con más de 1.500 personas.

En el bote, un pasajero de primera clase dio galletas a los niños. En el Carpathia se ocupó de ellos Margaret Hays, una pasajera de primera clase que hablaba francés. En Nueva York los acogió en su casa mientras se buscaba a su familia.

La foto que los devolvió a casa

Los niños no podían explicar quiénes eran ni de dónde venían. Solo sabían sus nombres cariñosos. Los periódicos de ambos lados del Atlántico publicaron sus fotos y apodos, Lolo y Momon, con la esperanza de que alguien los reconociera.

Los reconoció su madre. Marcelle Navratil vio una foto de sus hijos en el periódico. La White Star Line, propietaria del Titanic, la llevó a Nueva York a bordo del Oceanic. El 16 de mayo de 1912, un mes después de la catástrofe, volvió a abrazar a sus hijos. Poco después regresaron juntos a Francia en el mismo barco. Una fotografía conservada en la Biblioteca del Congreso muestra a los dos niños en el regazo de su madre, y su ficha menciona tanto el nombre falso «Hoffman» como los apodos.

Una joven madre con abrigo de viaje, arrodillada en un salón, abraza a sus dos hijos pequeños vestidos de marinero
Reconstrucción artística. El reencuentro de una madre con sus hijos en Nueva York, mayo de 1912. Este no es un retrato de la familia Navratil.

Una tumba con otro nombre

El cuerpo del padre fue recuperado del océano y llevado a Halifax, en Canadá. Por el apellido Hoffman de su billete se le creyó judío, y el 15 de mayo de 1912 fue enterrado en el cementerio judío Baron de Hirsch. El verdadero nombre del hombre que había salvado a sus hijos se conoció más tarde. Encyclopedia Titanica cuenta la historia en detalle.

Una hilera de sencillas lápidas de granito negro sobre la hierba verde de un viejo cementerio entre la niebla
Ilustración artística. El cementerio Baron de Hirsch de Halifax, donde el padre fue enterrado con un nombre falso.

Lo que vino después

Edmond se hizo arquitecto y murió en 1953, a los 43 años. Michel tuvo una vida larga: se doctoró, fue profesor de filosofía en Montpellier y murió el 30 de enero de 2001, a los 92 años. Fue uno de los últimos supervivientes vivos del Titanic.

Por qué es una historia de árbol genealógico

La historia de los Navratil muestra lo fácil que es perder a una persona cuando se pierde su verdadero nombre. Los dos niños solo tenían sus apodos. Su padre fue registrado con un apellido inventado, así que incluso fue enterrado como otra persona. Lo que volvió a unir a la familia fue una sola foto con el pie correcto.

Nuestros archivos familiares funcionan igual. Una foto sin pie se convierte en cincuenta años en una foto de desconocidos. Un apodo sin nombre completo no dice nada a los bisnietos. Por eso merece la pena anotar nombres completos, fechas y lugares y, junto a ellos, los nombres cariñosos con que los llamaban sus seres queridos.

Cómo no perder los nombres en su propio archivo

  1. Ponga un pie completo a cada foto. No «la abuela con los niños», sino «Anna Koval (1931–2014) con sus hijos Iván y Petro, Poltava, verano de 1962».
  2. Anote los apodos junto a los nombres reales. Lolo y Momon son apodos preciosos, pero sin sus nombres completos nadie los habría encontrado.
  3. Guarde la historia de los cambios. Si alguien cambió de apellido tras casarse, emigrar o por otro motivo, anote ambas versiones y la razón.
  4. Indique de dónde procede la información. «Según la tía Elena», «del registro parroquial», «de una carta de 1975»: así sus descendientes podrán comprobarlo.

Reunimos historias parecidas en «Una familia, mil caminos», sobre Annie Moore de la isla Ellis. Otra historia real, la de un niño que encontró a su madre 25 años después, está en «Un largo camino a casa». Y si quiere empezar su propio árbol, lea cómo empezar un árbol genealógico desde cero.

Empiece su árbol genealógico en AEEVOX: añada personas, sus nombres completos, apodos y fotos con pie, para que sus descendientes sepan quién es quién.

Fuentes

Todas las imágenes de este artículo son ilustraciones artísticas y reconstrucciones creadas para AEEVOX. No son fotografías históricas ni retratos de personas reales.

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